Colombia: Ivan Duque ¿ingenuo o falaz? Segunda Nota. La unidad para enfrentar la corrupción.

corrupción

En la primera nota sobre la nueva etapa abierta por la asunción de Duque como presidente de Colombia, advertíamos sobre la posibilidad cierta de que hubiera mentido en campaña sobre lo que realmente pensaba hacer, tal como lo hicieron Macri y Menem, ambos iniciadores de los ciclos neoliberales más nefastos en Argentina en democracia. Pues, en unos pocos días de gobierno ya tomó medidas que van a contramano de lo prometido; una de ellas la de reducir impuestos a las empresas y aumentárselos a la mayoría de la población. Y tal como twitteó Gustavo Petro: “Entre las empresas que menciona Duque a las que esperan reducir los impuestos están las que exportan petróleo, carbón, oro y los bancos. ¿Creen de verdad que se necesita que las utilidades de los bancos crezcan aún más? ¿Acaso esas utilidades no son el dinero de quienes producen? Esa compensación incrementará los impuestos a la mayoría de la población.” Pero este no es el tema de esta segunda nota, aunque tiene mucho que ver.
No hay dudas de que si algo puede unir a los colombianos, sin distinción de clases sociales es la lucha contra la corrupción. Excepto, claro está, a los corruptos.
“Nuestra bandera será la lucha frontal contra la corrupción, la politiquería y el clientelismo.” Dice Duque. Y sentencia: “…lo que queremos de una vez por todas es que Colombia, unida, lleve a la corrupción a una derrota total y contundente que se sienta en todo el territorio nacional.” Estandarte notable.

Ojala se pudiera. En esto también se parece a Macri, claro que en Argentina, el régimen -a esta altura corresponde llamarlo así- se dedicó a perseguir a los supuestos corruptos de la oposición e hizo la vista gorda o protegió sin ambages a los innumerables y probados corruptos de sus filas, entre ellos él mismo. Basta con preguntar en Google ¿quién es el presidente más corrupto del mundo? y vean quien aparece. Y todavía tiene el tupé de acusar a otros y hablar de transparencia. Lo protege una prensa adicta y un poder judicial venal que se ocupa de perseguir opositores. Habría que ver en el caso de Duque como se comportan estos dos poderes.
Pero para introducirnos en el tema empezamos preguntándonos: ¿de qué hablamos cuando hablamos de corrupción? ¿cuál es el origen, cuales son sus causas? ¿es verdaderamente la corrupción el freno al desarrollo, el fin de la pobreza, el crecimiento económico o lo son las políticas que se implementan?
“Vamos a gobernar con transparencia, vamos a gobernar con eficacia y vamos a devolverle a los ciudadanos la esperanza de volver a creer en las instituciones y, bajo ninguna circunstancia, permitiremos que las mafias de la corruptela se sigan apoderando de la salud, de los recursos de las obras públicas, de la alimentación escolar. Seremos el gobierno que, como nunca antes en la historia de nuestro país, enfrente ese cáncer y lo doblegaremos, porque seremos un país unido en ese propósito.” Sigue diciendo Duque (Y otra vez nos acordamos de Macri).
Si bien en Colombia el grado de corrupción es elevado, no escapa a la situación de la mayoría de los países. Según Transparencia Internacional -que mide la percepción de corrupción y de dudosa imparcialidad ideológica y por lo tanto a tomar con pinzas- los dos tercios de países relevados en 2017 se encuentran con un puntaje inferior a 50, escala en la que 100 es corrupción cero. Colombia aparece junto a Brasil, Perú y otros países con un puntaje de 37. Primera aproximación al problema: la corrupción independientemente de quien gobierne, existe hasta en los países más desarrollados y por lo tanto es sistémica. En ese sentido adquiere significado un graffiti que se puede ver en algunas calles bogotanas: “la corrupción es el sistema”. Por lo tanto ya podemos afirmar que en tanto siga imperando la lógica de la maximización del beneficio privado, la concentración del capital y por lo tanto del poder económico, calzado además por una cultura edonista e individualista que cada vez se afirma más por los mecanismos de exacerbación del consumo suntuario, siempre habrá quienes quieran sobornar funcionarios y funcionarios que se dejen sobornar. Ni hablar cuando además entra en juego el poder económico y corruptor del narcotráfico que ha penetrado transversalmente todas las instituciones. Así funciona el sistema. Puede ser que los porcentajes del ingreso nacional que se desvían por causa de la corrupción sean mayores o menores pero no van a dejar ser una realidad. En épocas de Menem en la Argentina, Terence Todman embajador de EEUU se quejó ante el gobierno porque a la empresa Swift que quería instalar una nueva planta le exigían un “retorno” exagerado, muy por encima del que era habitual y “razonable” en su país. Es sabido que casi todas las empresas que contratan con el Estado o con instituciones, tienen calculados en sus presupuestos el porcentaje de coima aunque seguramente ninguna lo va a reconocer.
Según el diccionario de la Real Academia Española corrupción significa, entre otras acepciones, depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar. Puede ser una depravación material, moral o simbólica. Esto sería como si quien promete algo que no va a cumplir o mentir sobre un daño que va a proporcionarle a alguien. Tal como algunas promesas de campaña de Duque (y una vez más nos acordamos de Macri). En otro sentido, la corrupción es la práctica que consiste en hacer abuso de poder, de funciones o de medios para sacar un provecho económico o de otra índole. Se entiende como corrupción política al mal uso del poder público para obtener una ilegítima fortuna.
Y nada más contradictorio con las promesas de transparencias que designar como nuevo Contralor General de la República a Carlos Felipe Córdoba, que agradeció su elección a Gaviria y Uribe y que tal como señaló Gustavo Petro: “El contralor nuevo es del gobierno. Así de simple y así de corrupto.” Un espejo de la Laura Alonso de Macri. También por estos días se ha puesto sobre el tapete los dudosos -y supuestamente corruptos- antecedentes del Ministro de Economía -nada menos- designado por Duque, Alberto Carrasquillas. Y si repasamos todo el gabinete, veremos que no hay uno que no sea representante del establecimiento, formados en los mayores reductos neoliberales de Colombia, los EEUU y Europa y que por lo tanto tienen un concepto de la corrupción muy particular: persiguen y condenan la mermelada o los deslices de los políticos pero consideran una práctica aceptable tener empresas offshore, evadir impuestos, lavar dineros de actividades non sanctas, llevar dobles contabilidades en las empresas, eludir aportes sociales, comprar jueces y funcionarios para litigar contra el estado, llevar adelante quiebras fraudulentas, cobrar intereses usurarios, etc. Todo lo que sea en defensa del sacrosanto capital y en perjuicio de la mayoría de la población y del Estado, que a juicio de estos “jugadores” del mercado, no debería existir sino para favorecer los negocios privados “motor del progreso y el bienestar de las sociedades”. Está claro por otra parte, que el capital ya no se realiza dentro de las fronteras nacionales sino a nivel global y por lo tanto esas prácticas de los capitalistas colombianos (mucho más de los argentinos) se ven favorecidas por la apertura de la economía (los TLC) y el movimiento mas fluido de los capitales ahora acelerado por las operaciones vía internet y la aparición de las monedas digitales.
¿Cuanto suma lo que los políticos y funcionarios venales llevan a sus bolsillos por coimas, o sobreprecios que se distraen de la obra pública, las compras del Estado o por la “mermelada” para la aprobación de alguna leyes a pedido? Según estimaciones de algunas fuentes (Contraloduría General, Procuraduría, Sociedad Colombiana de Economistas) la corrupción le cuesta al país entre 30 y 50 billones de pesos anuales, esto es entre 9.700 y 16.000 millones de dólares. Montos que servirían para, por ejemplo, atender los servicios de la deuda externa de la Nación y otras inversiones de alto impacto social. Y según la Procuraduría, estas cifras solo incluyen las pérdidas netas por contratos interrumpidos – los famosos “elefantes blancos”- y sirven para sustentar el desprestigio de políticos y funcionarios, en definitiva de la política, entre los ciudadanos, que en un 60% (encuesta anual del Barómetro de las Américas) creen que la corrupción está generalizada entre ellos. Pero los que quedan afuera de la estigmatización ciudadanas -como si eso fuera parte de la essentia empresaria – son los otros partícipes necesarios del hecho, los contratistas que ofrecen coimas de entre el 10 y el 25% de los valores de los contratos, según lo informa la propia Procuraduría.
Estas cifras son tremendas, porque son dineros del pueblo, que deberían volver al pueblo en obras y servicios, en salud, educación, vivienda, calidad de vida. No obstante aun en el supuesto de que Duque llevara adelante un gobierno de transparencia total, aun en el supuesto de que se alcance la corrupción cero – esta corrupción- , esos dineros no se volcarán para beneficio de los sectores populares en el marco de un gobierno neoliberal como el suyo. Simplemente porque el mercado no es un justo asignador de los ingresos. Es concentrador de la riqueza, donde imponen condiciones los más fuertes y dejan para los pobres, los excluidos, los asalariados, los niños, jóvenes y viejos, solo migajas, solo subsidios y ayuda social o el exterminio por hambre o enfermedades. Y para el país el sometimiento a las condiciones que impone el imperio, el neocolonialismo.
Porque la corrupción de “la politiquería y el clientelismo” es una parte -y no la más importante como veremos – de los recursos que el sistema le escamotea al desarrollo y la buena vida de los colombianos. Y de las sospechas de ese escamoteo quedan afuera de la consideración ciudadana los empresarios, los dueños del capital, los banqueros que tienen mejor prensa que los políticos. En ese sentido hay que poner en evidencia otras cifras: Según informa el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) de Colombia el déficit de la balanza comercial solamente en el período enero-julio del 2018 fue de 3403,8 millones de dólares y el de la balanza de pagos -de acuerdo a lo que informa el Banco de la República- de 5.991 millones de dólares para el mismo período que, anualizados y sumados a la evasión impositiva que, según el diario especializado Portafolio, estaría en el orden de los 40 billones de pesos al año, prácticamente estaríamos duplicando los valores imputados a la señalada corrupción oficial. Ni hablar si se contabilizaran los montos en negro que se fugan a paraísos fiscales, donde tienen empresas offshore numerosos empresarios colombianos.
El déficit comercial -que se repite abultadamente desde hace casi un lustro- indica claramente que es más lo que se importa que lo que se exporta. Es producción y trabajo extranjero que se quita a los productores colombianos, es menos empleo, son recursos que se van y que no pueden ser invertidos en el país. Lo mismo indica el déficit en la balanza de pagos que, además del anterior, da cuenta de la remesas de utilidades de las empresas extranjeras, de pagos de deuda contraída que no siempre ha ido a parar a inversiones productivas. Es consecuencia de los TLC, de la apertura de la economía, del modelo extractivista, de su extranjerización y concentración, de la ausencia de protección a la producción y el empleo local. De las políticas neoliberales en definitiva.
En síntesis, Duque miente cuando dice lo que dice, porque va a perseguir a otros y no a los propios y porque, como dicen los graffitis: “la corrupción es el sistema”.

Alberto Hernández

Acerca de Alberto Hernández

Militante popular. Ex dirigente político y sindical, ex concejal de la ciudad de Córdoba, Argentina. Periodista y escritor grado 4 en la escala Mercalli. Sueño con un mundo sin guerras, sin explotados ni explotadores donde el hombre no sea lobo del hombre.
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