Los viejos no van al paraíso

Hay dos concepciones en pugna desde que Marx desculó la esencia explotadora del capitalismo y su lógica de acumulación de la riqueza. Una, y ya se sabe cual, pregona que el individuo debe procurarse su bienestar sobre la base de sus méritos, de sus capacidades, de cómo haya surfeado el oleaje de la oferta y la demanda del mercado, y su vida futura depende de la fortuna que haya sabido conseguir en esa lucha donde

Jubilados

triunfan los más fuertes. La otra concibe al hombre como un producto social y como tal sus logros individuales dependen del grado de desarrollo de la sociedad, de su capacidad para velar por cada uno de sus integrantes independientemente de sus capacidades para aportar al conjunto, y su nivel de vida y su suerte, además de su esfuerzo individual, depende de lo que esa sociedad solidariamente debe asegurarle a cada uno de sus miembros. Entre esa dos concepciones oscilan todos los sistemas del mundo, desde el socialismo cubano donde el estado garantiza el nivel de vida de las personas desde que nacen hasta que mueren hasta el capitalismo norteamericano donde cada uno se la tiene que arreglar como pueda y según la suerte de nacer de padre rico o padre pobre, o blanco o negro, nativo o inmigrante. La mayor o menor intervención garantista del estado hacen a los matices y modelos intermedios, tal como lo fue el estado de bienestar hasta la crisis del 2008 y que sobrevive en algunos pocos países.
Los sistemas jubilatorios, es decir las formas en que cada una de

las sociedades deciden como van a vivir los que luego de una vida de trabajo pasan a retiro, están directamente emparentados con estas concepciones.
Hoy se dice que los sistemas jubilatorios están en crisis en el mundo y según la ex del FMI, Crhistine Lagarde, es porque sobran viejos, porque viven más de lo que deberían para que el sistema funcione y cada vez son menos los que aportan. De ese razonamiento surgen las distintas propuestas de soluciones: reducir los salarios, aumentar la edad jubilatoria y el porcentaje de aportes o exterminarlos (quitarles prestaciones médicas y reducirlos a la indigencia ya que no es bien visto enviarlos directamente a la cámara de gas). Crhistine lo haría de buen gusto.
En una comunidad organizada, solidaria e igualitaria, las personas no deberían tener incertidumbres sobre su vida en la vejez, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada en 1945 por la Asamblea General de las Naciones Unidas cuyo artículo 22 reconoce que “Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social” sin especificar si aportó o no, cuantos años o hasta que edad. Es un derecho de toda persona. Dentro del capitalismo donde todo es negocio y prima la lógica del mercado y la maximización de la ganancia, también, al igual que la salud o la educación, los sistemas jubilatorios son fuente de grandes ganancias para los capitalistas, que para mejor tienen su clientela cautiva. Los sistemas de capitalización que imperan en casi todo el mundo, compartiendo en la mayoría de los casos con un sistema estatal que asegura un haber jubilatorio mínimo, tienen como objetivo, como toda empresa capitalista, ganar el máximo posible. No lo es asegurar un ingreso digno a sus clientes a la hora de jubilarse. Y si hacen malos negocios, las jubilaciones se van al tacho y en el mejor de los casos es respaldada en parte por el Estado. Es decir por toda lo sociedad en beneficio de los dueños del capital.
En los noventa, el modelo estrella era el chileno que el menemismo importó a la Argentina echando por tierra con el histórico sistema de reparto, solidario y garantista. Y aparecieron las AFJP, que hicieron monumentales ganancias en contraste con las pobres jubilaciones que otorgaron, sin considerar que algunas quebraron y dejaron el tendal de víctimas. Con Cristina y por la inspiración de Amado Boudou, que hoy está pagando con cárcel por eso, se recuperó el manejo de los fondos del sistema estatizándolo y poniendo en marcha el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) sobre la base de una ingeniería administrativa y financiera que le permitiría alcanzar la sustentabilidad. En efecto la creación del Fondo de Garantías de Sustentabilidad, con los recursos totales del sistema, compuesto por diversos tipos de activos financieros que en el momento del traspaso, estaba valuado en 98.224 millones de pesos, debía ser el respaldo del sistema garantizando el pago a los jubilados. Un modelo virtuoso y eficaz, posible en el marco de este capitalismo criollo, que apuntaba a universalizar y dignificar el beneficio, que junto a las prestaciones de PAMI y los planes de consumo y turismo constituían un combo que aseguraba un nivel de vida digno a los jubilados y los aproximaba al cobro del mítico 82 %. El FSG no solo manejaba una canasta de títulos y acciones, sino que financió la Asignación Universal por Hijo (AUH) y otras inversiones que activaron el consumo y la economía, mejorando el empleo y el salario y en consecuencia, y cerrando el círculo virtuoso, los aportes al sistema. De esa forma se incrementó el salario de los jubilados en un 123 % en términos reales. se sumaron más de cuatro millones de nuevos beneficiarios al sistema, llegando a una cobertura del 97 % -una de las más altas del mundo- y se incremento el FGS que al cierre del período de CFK acusaba 67.000 millones de dólares. Pero algo pasó: llegaron Macri y su banda de empresarios y en casi cuatro años lo redujeron a 22.000 millones, un 70 por ciento menos en dólares, por la devaluación del peso, haciendo préstamos a las provincias, otorgando créditos a personas fuera del sistema, canjeándolo por letras del tesoro que luego fueron defaulteadas o pagando retroactivos por el programa de “reparación histórica” u otras inversiones volátiles. Pero no solo devaluaron el FGS sino que iniciaron un camino de privatización vaciando el sistema y modificando la razón de ser de ese fondo. Como da cuenta Alfredo Zaiat : ” Además de la devaluación de los activos, el gobierno de Macri modificó la esencia del FGS, que de tener la función de ser la garantía de las prestaciones previsionales ante situaciones críticas se le sumó la de fuente de financiamiento del gasto corriente del sistema” (Esta vez si desplumaron “la plata de los jubilados”, Pagina 12, 22/09/2019). Macri, al compás de las exigencias del FMI y de sus objetivos de favorecer los negocios privados lanzó un plan de exterminio de los viejos, reduciendo sus jubilaciones con una nueva fórmula de ajuste, terminando con las moratorias y desprotegiendo su salud en una suerte de darwinismo social como el que pregona su hada madrina Christine Lagarde. Dejó seriamente herido el sistema, aunque no le alcanzó para concretar su privatización. El pueblo se lo impidió con su voto.
Así también está pasando en varios países de Latinoamérica donde el pueblo parece haber despertado de su letargo y reacciona ante las políticas neoliberales y las imposiciones del FMI. Tanto en Chile, como Ecuador, Colombia, El Salvador, Haití, las cruentas luchas que están dejando muertos, heridos y torturados, entre las demandas por empleo, salarios, educación y salud públicas, también está la seguridad social. En Chile, donde el estado pinochetista y la economía abierta de mercado implantada por la dictadura se sostiene hasta hoy, reina una de las mayores desigualdades sociales del subcontinente y los jubilados se llevan la peor parte. En Colombia la reforma laboral y previsional de Duque en el marco del Plan Nacional de Desarrollo, que quedó pospuesta por las elecciones del 27/10, y que incluye aumento de la edad jubilatoria y mayor tiempo de aportes, está encontrando fuerte resistencia en los estudiantes y los sindicatos. Otro tanto sucede en Brasil, donde el fascista de Bolsonaro ha encontrado fuerte resistencia al intentar implementar su reforma laboral y previsional. Y allende los mares, ocurre otro tanto en paises como Francia, España, italia, Rusia y Libia, por citar algunos, sin contar con la rendición social que impuso la troika europea y el FMI al pueblo griego.
No cabe dudas que una de las primeras tareas de los Fernández va a ser volver a poner a los jubilados de pie. Eso implica recuperar la lozanía del FGS y del SIPA que ha demostrado ser sustentable y eficaz, lo que no quiere decir que no pueda ser mejorado y hacerlo más equitativo. Una mejora del sistema debería apuntar a superar la violenta estratificación que existe entre una punta y otra de los haberes previsionales, las injusticias que sufren quienes después de un buen pasar por el desarrollo de actividades autónomas pasan a cobrar una jubilación miserable y deben seguir trabajando, cosa que también sucede con los profesionales o los que han laborado en negro en la economía popular o cooperativa, por mencionar algunos casos.
Al respecto es bueno citar a Ruben Lo Vuolo y Laura Goldberg que en su libro Falsas Promesas. Sistema de previsión social y régimen de acumulación (Ed. Miño y Dávila. 2006) exponen sobre lo que debería ser un régimen superador que entre otras cosas pone en tela de juicio el 82 % reclamado históricamente por los trabajadores y que desde que el gobierno de Arturo Frondizi lo instauró en 1958, solo tuvo cinco años de vigencia en el orden nacional y alguno más en los regímenes previsionales provinciales o sectoriales (los ferroviarios perciben el 100%). Los autores plantean que “la reforma de cualquier sistema de previsión social … debe entenderse también, y fundamentalmente como parte de una estrategia que busca modificar la articulación entre el sistema de previsión social y los procesos de acumulación de recursos económicos y políticos… para modificar el patrón distributivo y los procesos de acumulación del capital (y) para impactar en la definición de ciudadanía”. En base a esos objetivos sostienen que “la prioridad de un nuevo sistema de previsión en Argentina debería ser el pago de un beneficio universal e incondicional al que tengan derecho todas las personas que alcancen una determinada edad, independientemente de sus registros contributivos (….) En un modelo totalmente contributivo donde los beneficios se vinculan estrechamente con los ingresos de las personas, el patrón de distribución en la pasividad es mucho más regresivo que la distribución antes del retiro”….”esto se debe a que este tipo de diseño previsional combina la reproducción de la desigualdad en la distribución de ingresos existentes con el efecto de la cobertura (previsional) incompleta”
Sería lo más justo asegurarle a todos una igual jubilación que cubra, junto a los servicios de salud y esparcimiento, lo necesario para vivir holgadamente y quien quiera percibir alguna suma extra busque mecanismos de ahorro. Lógicamente que eso debiera corresponderse con un salto en el igualitarismo y la solidaridad de una sociedad que haya cambiado los patrones de acumulación capitalista y de consumo, lo que requiere un Estado que actúe fuertemente en la regulación de los mercados, la distribución del ingreso y la tasa de ganancia.
¡Eso es comunismo dirían los de derecha (y los que no lo son tanto pero que piensan todavía que los comunistas se comen a los chicos)! Y bueno… lo será. Lo cierto es que también tenemos derecho a decir ¡pero esto es capitalismo… y del peor!

Alberto Hernández

Acerca de Alberto Hernández

Militante popular. Ex dirigente político y sindical, ex concejal de la ciudad de Córdoba, Argentina. Periodista y escritor grado 4 en la escala Mercalli. Sueño con un mundo sin guerras, sin explotados ni explotadores donde el hombre no sea lobo del hombre.
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4 respuestas a Los viejos no van al paraíso

  1. Profesor Prohibido - Argentina dijo:

    Me gusta el artículo porque se encuentra bien documentado y demuestra las crisis en casi todo el mundo del sistema jubilatorio, con el falso argumento de que aumento el nivel de vida.
    Lo que no dicen es que el aumento del nivel de vida es mínimo si lo comparamos con la productividad de cada trabajador y que la concentraciónn de la riqueza en manos de unos pocos es también por la estafa que se le esta haciendo a todos los jubilados

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