La democracia en el capitalismo: ¿fetiche o entelequia? – Nota 1

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No debe haber vocablo más manoseado, más mercantilizado y prostituido que “democracia”; solo superado por la propia realidad de los sistemas democráticos . La democracia está totalmente devaluada si se la considera como factotum del bienestar general, esto es como fetiche. “Con la democracia se come, se cura y se educa” dijo en la campaña electoral que puso fin a la última dictadura argentina, Raúl Alfonsín. Ha quedado demostrado que no es suficiente. Los poderes fácticos nacionales e internacionales, condicionan y limitan a los gobiernos. Los ciudadanos votan cada cierto lapso de tiempo pero, las corporaciones, el capital o su equivalente: los mercados, votan todos los días.
Es patético y tenebroso, escuchar proclamar la “restauración del orden democrático” a Jeanine Añez usurpadora del gobierno de Bolivia mediante un golpe dictatorial y asesino de su pueblo y que ahora recurre a las proscripciones ante el nuevo llamado a elecciones. A Sebastián Piñera que está masacrando al pueblo chileno y que sostiene un orden económico y social heredado del pinochetismo decir que “así es la democracia”. En Perú, que castigan con treinta años de cárcel a dirigentes que se oponen a la explotación minera defendiendo su territorio. Jair Bolsonaro en Brasil cuyo gobierno tiene un origen espúreo, nacido de un golpe institucional a Dilma Rouseff y la posterior proscripción de Lula Da Silva con la complicidad de una justicia corrupta. En Paraguay se las ingeniaron para sacar “legalmente” del medio a

Fernando Lugo. De Colombia habría para escribir un tratado sobre “narcodemocracia” donde la compra de votos es una práctica usual, la corrupción horada casi todas las instituciones y el asesinato de dirigentes molestos es una práctica cotidiana. Pero el que se lleva todos los laureles es el gran terrorista del norte que se proclama el gran exportador de “democracia y libertad” sembrando muerte y destrucción en todo el mundo, que ha propiciado golpes y dictaduras en todo el continente, que chantajea y extorsiona con bloqueos y sanciones económicas a todo país que no se somete a sus designios imperiales. Pero tampoco hacia adentro, donde hay millones de personas viviendo en la miseria, sin hogar, sin atención médica, sin educación, segregadas por negros, latinos o por género y un sistema electoral que funciona a pura inyección de dólares (y que el nuevo gobierno tiene que devolver con políticas públicas), que no garantiza que el presidente sea electo por la mayoría de los votantes (1), que por otra parte no son poco más del 50% (2), porque la mayoría ya no cree en el sistema y que también permite el fraude. Sin embargo todos ellos califican de dictaduras a Venezuela y Cuba, que aún con las dificultades económicas inducidas por el criminal bloqueo son democracias superiores, tanto por su sistema electoral como, por lo sustancial que hace que la democracia sea democracia: la igualdad, la universalidad de la educación y la satisfacción de las necesidades vitales (que no son las inducidas por el mercado). Sin eso, la libertad para decidir sobre la vida personal o un gobierno o forma de gobierno, es pura sanata. ¿Qué libertad puede tener una persona que nace en la miseria, en un hogar desmembrado o con padres alcohólicos, ignorantes, o delincuentes? ¿Qué igualdad de oportunidades puede tener respecto de quienes heredan fortunas o nacen en hogares acomodados, que pueden pagar estudios y formación de excelencia y son los que luego imponen condiciones? ¿Que criterio propio puede tener quien es formateado por la ideología de las élites mediante los sofisticados medios que hoy existen a su servicio como las corporaciones mediáticas, las redes sociales, el big data, los cultos evangélicos o algunos sectores católicos, que cada vez actúan más como agentes sostenedores del orden neoliberal? Para los apologistas del capitalismo, la libertad es sinónimo de libertad de mercado, para hacer negocios, comprar y vender (incluye fuerza de trabajo), libertad para poseer, para atesorar dólares o lo que fuere. Esta libertad de unos pocos, es la exclavitud, el sometimiento, el padecimiento de una mayoría. Para esa élite el Estado es sinónimo de represión y restricción de esas libertades y si fuera posible no debiera existir, salvo, claro está cuando sirve para favorecer sus negocios como sucedió en los últimos años de macrismo en la Argentina o desde mucho más en Colombia.
Atilio Borón caracteriza a estas democracias como “democracias electorales” (La verdad sobre la democracia capitalista-2006), que permiten que cada cierto tiempo los ciudadanos elijan a sus representantes en el congreso o en el poder ejecutivo y que obviamente es un estadío deseable ante las experiencias dictatoriales, sangrientas y asesinas que tuvimos durante el siglo pasado, pero que nada cambian de fondo. Pueden ser más distribucionistas y generadora de nuevos derechos, pueden mejorar la calidad de vida de la población, como lo hizo saludablemente Correa en Ecuador, Lula en Brasil o el kirchnerismo en Argentina hasta el 2015, pero no cambian nada de fondo. La estructura de poder del sistema sigue intacta. Dice Borón: “Los mercados son lo real, la democracia es una mera ilusión ornamental: las grandes decisiones no pasan por las instituciones políticas sino que se resuelven en el plano del mercado o en otros espacios completamente inalcanzables para la soberanía popular”(Art. Cit.). O como sugiere Thomas Piketty en su libro “El Capital en el siglo XXI” que capitalismo y democracia son conceptos que no van bien juntos. Josep Stiglitz, también dice lo suyo: “el neoliberalismo degrada la democracia”.
Lo cierto es que lo que aparece con cada vez mayor nitidez en el mundo y muy especialmente en Latinoamérica, es que las “democracias electorales”, con pocas excepciones, no resuelven los conflictos de intereses de clase. No alcanza con votar y resolver la cuestión. No es suficiente que una mayoría circunstancial elija un gobierno para que de ahí en más se diriman las contradicciones de clase por la vía del diálogo, de los acuerdos o pactos. Las corporaciones no tienen patria ni moral, solo intereses y afán de lucro, al igual que las oligarquías o dueños del capital. No les importa si al país le faltan divisas o si es necesario hacer un esfuerzo ganando un poco menos porque ya se la llevaron en pala. En Argentina, supo lamentarse Juan Carlos Pugliese, efímero ministro de economía de un Raúl Alfonsín en retirada: “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. Gráfica y didáctica demostración de como funcionan los mercados. Alberto Fernández ha empezado a cumplir su palabra poniendo el foco de interés de su gobierno en los más postergados y exigiendo mayores aportes (porque no hablemos de sacrificios) a los que más tienen. Se reúne, dialoga, acuerda, concede… la respuesta es una rápida y desafiante guerra contra el gobierno por parte de los medios hegemónicos, de los formadores de precios, de los tenedores de bonos y de los sectores concentrados del campo. El presidente Argentino, deberá tener muñeca, cintura, flexibilidad y criterio para saber cuales son las contradicciones principales a desentrañar y cuales los amigos y enemigos circunstanciales, pero si olvida como funciona el capitalismo, como reaccionan las clases dominantes al menor intento de recortar sus privilegios, la batalla está perdida. Si no se desarticula la usina de mentiras y de construcción de sentido común que constituyen los medios hegemónicos y toda la maquinaria de transmisión de ideología, la batalla estará perdida y una democracia plena será un imposible. Si no se opera una conversión de fondo de la justicia para terminar con los magistrados empleados del poder económico, lo mismo.
Esta democracia deviene fetiche si se piensa que votando o pactando se arregla todo. Es imposible evitar la confrontación y el conflicto cuando se ponen en juego modelos económicos y sociales que se auto excluyen. Para que una democracia sea efectiva, plena, y resida en la soberanía popular, todos los actores sociales deben aceptar que los conflictos se deben resolver salvaguardando el modelo, de lo contrario es guerra de clases y es lo que está ocurriendo en toda Latinoamérica y buena parte del mundo. El Neoliberalismo es incompatible con la democracia. Por eso los chalecos amarillos siguen jaqueando al estado francés, por eso el pueblo chileno no afloja contra la derecha pinochetista encaramada en el poder, por eso el pueblo boliviano sigue resistiendo la dictadura de Añez y así por donde repasemos: Colombia, Ecuador, República Dominicana, Honduras, Haití, etc. Es con una sociedad movilizada, en guardia, que lucha por sus derechos, haciéndole sentir a los ricachones y al imperio, que el pueblo tiene el poder y que no va a dar marcha atrás en el objetivo de poner cada vez la vara mas alta, como estaremos cada vez más cerca de esa entelequia (en el sentido aristotélico del término) democrática.
Así como lo está demostrando el formidable y potente movimiento feminista que está a la vanguardia de la lucha social y cada vez va por más (no sería exagerado decir que los verdaderos cambios de fondo pueden venir de un proceso de feminización de la política y la vida social). Pero también luchan los estudiantes por la educación publica, los ambientalistas, los defensores de derechos humanos, los pueblos originarios, los que defienden el territorio ante las empresas extractivistas depredadoras, los que defienden y reclaman salud pública y gratuita, por la paz, el gatillo fácil y contra la corrupción, los trabajadores contra las reformas laborales y jubilatorias regresivas y por salarios y condiciones de trabajo dignas.

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En definitiva estamos en guerra y no la declaramos nosotros. Sebastián Piñera lo afirmó sin eufemismo alguno y así está masacrando a su pueblo. O de otra forma y tal como Warren Buffet, uno de los empresarios más ricos del mundo, señaló: “por supuesto que hay una lucha de clases, y es mi clase, la de los ricos, la que la está librando, y vamos ganando” y una de las formas clave de medir esta victoria son las desigualdades de riqueza y renta crecientes del uno por ciento respecto al resto del mundo.
Por eso no va a haber democracia verdadera, no va a haber soberanía popular si no construímos un mundo donde reine la igualdad y la libertad, sin explotados ni explotadores ni depredadores del planeta, única casa que tenemos para vivir y que tenemos que preservar para las generaciones futuras. Y para eso, mientras votamos gobiernos que pongan palos en la rueda a los ricos como Buffet, habrá que estar en la calle.

Alberto Hernández

1) En las última elecciones presidenciales, Hillary Clinton obtuvo el 48, 17 % de los votos contra el 46,15 % de Dondald Trump, pero por el sistema de distribución de electores por estado, el actual presidente sumó la mayoría de estos, lo que le permitió acceder a ese cargo.
2) Si computamos el 48, 17 % del 55,4 % de votantes, nos da que Trump fue elegido solo por el 27 % de los norteamericanos en condiciones de sufragar y que por supuesto deja afuera a una millonada de habitantes de los EEUU que son inmigrantes ilegales o que no son ciudadanos pero que aportan con su trabajo y sus impuestos a la vida de esa nación.

Acerca de Alberto Hernández

Militante popular. Ex dirigente político y sindical, ex concejal de la ciudad de Córdoba, Argentina. Periodista y escritor grado 4 en la escala Mercalli. Sueño con un mundo sin guerras, sin explotados ni explotadores donde el hombre no sea lobo del hombre.
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Una respuesta a La democracia en el capitalismo: ¿fetiche o entelequia? – Nota 1

  1. Nicko dijo:

    Es innegable que la democracia como la conocemos está agotada, parafraseando al Pepe: es la mejor porquería que supimos conseguir (parafraseando a nuestro himno también). Comparto con el autor la esperanza de que las dos grandes corrientes comunes a todos los pueblos del mundo, como son la causa feminista y la ecología, hagan su parte en pos de un futuro mundo más libre y justo. Mientras es nuestro compromiso militante hacer lo que se pueda con lo que hay y estar a la altura de lo que se avecina.
    Muy buena el artículo. Saludos.

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