La democracia en el capitalismo: ¿fetiche o entelequia? – 2a Nota

CORONAVIRUS-ARGENTINA BARRIOS POPULARES

Mi segunda nota sobre la democracia iba a versar sobre los sistemas electorales y el mito occidental de la “gran democracia del norte” que pone la medida de lo que es democracia o no lo es y que según describe Josep Stiglitz en su libro Capitalismo progresista, funciona al ritmo de “un dólar un voto”. Pero pasaron cosas – justificación sesuda del ex presidente argentino Maurizio Macri, nuestro campeón domador de reposeras. Irrumpió el virus, la peste global y puso a parir al capitalismo, a las democracias, a los gobiernos y a la humanidad entera y por lo tanto me obligó a escudriñar sobre la suerte de la democracia en tiempos del Covid-19.

Las cuarentenas de diversos tipos aplicadas para contener su expansión y las medidas de emergencia adoptadas, tanto desde el punto de vista sanitario, como económico o de coerción, no solo nos llevaron a cambiar radicalmente nuestras formas de vida, sino a poner en cuestión muchas escalas de valores que hasta ahora nos parecían inmutables y parte de nuestra idiosincracia y a redoblar el cacumen para discernir sobre lo que sobrevendrá luego de esta crisis.

Asi se formulan sentencias sobre el fin del capitalismo y la marcha a una suerte de “comunismo reinventado” (Slavoj Zizek) o el difundido y falso editorial del Washington Post – que alguien escribió- titulado “O muere el capitalismo salvaje o muere la humanidad” y las réplicas del surcoreano Byung-Chul Han de que no hay virus que valga para

derrotar al capitalismo o las versiones pesimistas de los que piensan que lo que viene es una especie de “feudalismo tecnológico” virtualmente globalizado que nos va constreñir a trabajar por internet y relacionarnos por celular, una verdadera distopía. Están también los gobiernos que prometen, con la pretensión de transmitir esperanza y optimismo, que todo va a volver a ser como antes y los que deseamos aprovechar esta coyuntura histórica para que todo no vuelva a ser como antes. Lo cierto es que nadie sabe lo que va a pasar después de esta crisis, hay argumentos, fundamentos y experiencias históricas que avalan cualquier especulación que se haga sobre el futuro.

De todas formas lo que sí se podría aventurar es que el neoliberalismo está jaqueado de muerte. Ya venía golpeado y la peste le dio el golpe de gracia mostrándolo desnudo con sus miserias al aire y exponiendo con nombre y apellido ante la sociedad a los miserables que lo sostienen y defienden, lo que permite augurar una mejor suerte para la democracia, que es nuestro tema ya que, como decíamos en nuestra nota anterior, neoliberalismo y democracia no se llevan bien.

La pandemia global ha llevado a la humanidad, como en tiempos de guerra, a resignar derechos y libertades, concentrar el poder y disciplinarse a la voz del gran jefe. Ergo constreñir la democracia. Ya se sabe que en una tropa que combate no hay democracia, no hay deliberación, se acata disciplinadamente las órdenes del jefe de lo contrario hay sanciones y son severas.

Y aquí entran a jugar las distintas cosmovisiones que tienen que ver con la economía y el ser, sobre el individualismo y la solidaridad, sobre el bien y el mal, sobre economía y salud, sobre el rol del estado, del mercado y la libertad. He aquí la paradoja del virus. Aquellos que desde su darwinismo social sentencian que no hay que parar la economía y que se muera el que se tenga que morir, ya que serían daños colaterales (Trump, Bolsonaro, Piñera, Lenin Moreno, Boris Jhonson, etc.) y que en función de ese objetivo reniegan de coartar las “libertades públicas” (producir, trabajar, hacer negocios, seguir reproduciendo el capital) y son renuentes a la asistencia del estado a los millones que están padeciendo la crisis, son los que peor la están llevando y más víctimas cosechan. Mientras tanto aquellos países que disciplinaron, aun a fuerza de represión a sus sociedades, o exacerbaron los controles sobre su población, casi a nivel individual y hasta con métodos tecnológicos y la asistencia del big data como es el caso de China, son los que obtuvieron o están obteniendo mejores resultados. ¿Y la democracia? ¿Dónde queda? ¿ Qué es de su vida con el ojo del gran hermano controlando hasta cuando vamos al baño, sin las gentes en las calles, sin el funcionamiento normal de las instituciones, con el poder político concentrado, con militares y policías patrullando las calles y a menudo sacando el enano fachista que muchos llevan dentro, con el miedo que paraliza y trastorna? Transita por otros carriles, mas sutiles, menos valorados por los panegiristas de las formas y el status quo pero más sustanciales y que, como decíamos en la primera nota, sin eso la democracia es una cáscara vacía, un mero mecanismo electoral, que no impide que nuestra vida, nuestro destino, lo sigan manejando las corporaciones, ese uno por ciento de multimillonarios, que constituye el gobierno del mundo y de los cuales tenemos varios ejemplares en Argentina. Para ellos el populismo es peor que el coronavirus, porque atenta contra sus negocios, pero basta consultar cualquier estadística sobre los muertos por hambre, desnutrición, guerras o abandonados por el sistema de salud, para verificar que el neoliberalismo ha matado más gente que esta peste.

La forzada distribución del ingreso -todavía incipiente y que espera medidas más contundentes-que aun a disgusto de los dueños de las grandes fortunas y de cierta clase media envenenada por los medios hegemónicos y el ejército de trolls que conspiran y sabotean desde las redes sociales, está efectuando el gobierno argentino desde que asumió y mucho más cuando apareció el bicho, no es ni más ni menos que ir democratizando la economía. La igualdad ante el contagio y la muerte que la pandemia está generando es una dosis de mayor democracia. El virus no distingue entre ricos y pobres y a todos les toca confinarse. Claro está que no es lo mismo estar encerrado en una amplia casa que intentar cumplir la cuarentena en una villa. Por su parte a los sectores que les toca aislarse en el barrio porque no hay forma de hacerlo en sus viviendas, les toca afinar y extremar los mecanismos conocidos y aprehendidos por la lucha cotidiana desde siempre, de colaboración, solidaridad, vigilancia comunitaria y toma de decisiones colectivas. Frente a esa mayor fragilidad para afrontar esta situación extrema, los movimiento sociales hacen una formidable tarea de organización y concientización constituyéndose prácticamente en el principal vehículo de participación social. Por ahí transita la democracia en estos tiempos. Y es más sustancial. La presencia ineluctable, imprescindible y reclamada del estado -inclusive por aquellos que en estos cuatro años lo destruyeron o hacen culto de las bondades de la iniciativa privada y el mercado- disputándole y restándole poder de fuego a las desafiantes corporaciones, al sector financiero, a los formadores de precios y los medios hegemónicos, es más democracia. Las muestras solidarias que aparecen por doquier del mundo de la cultura, de los sindicatos, de los profesionales de la salud, de los servidores públicos; la participación y el compromiso social es más democracia. Hasta se está recuperando el medio ambiente, las ciudades se han vuelto mas respirables, los ecosistemas se equilibran, nos estamos librando provisoriamente de los agrotóxicos y el smog, eso es mejor calidad de vida o sea más democracia. Más Estado es más democracia, frente a la dictadura del mercado -cuyos actores tienen nombre y apellido- que pretende seguir ejerciendo con despidos, aumentos injustificados de precios y aprietes y chantajes varios. Pero por más que pataleen están perdiendo la batalla porque los valores, los paradigmas, los postulados del neoliberalismo se están cayendo a pedazos en todo el mundo y se ponen a la vista del común sus falacias, sus engaños, sus actores y toda su basura discursiva. Seguramente esto augura un nuevo tiempo que podrá no ser el del tránsito a un “comunismo reinventado” pero sí el de una democracia más plena asentada en la igualdad, la solidaridad y la participación popular, con un estado presente que, al decir del egipcio Samir Amín, tenga el control soberano de la acumulación de capital (La desconexión).

Y aquí recordé aquel lema del Partido Intransigente “por la socialización de la riqueza, el poder y la cultura” que supo convocarnos a muchos en los albores de la democracia argentina. Creo que tiene ahora más vigencia y actualidad como consigna para los nuevos tiempos en el camino de ir persiguiendo esa entelequia democrática.

El mundo no será el mismo después de esto, las sociedades habrán vislumbrado en este tiempo que otro orden internacional es posible y necesario, que otros valores tienen sentido, que el mundo y la vida pueden ser mejores. Pero, y tal como sentencia Byung-Chul Han el capitalismo, como lo ha hecho históricamente intentará aprovechar la crisis, para reconvertirse, seguir concentrando poder y riquezas y desparramando desheredados por la tierra. Estará en las fuerzas populares rebelarse contra ese designio de los poderosos. El paraíso se ganará luchando, no por obra y gracia de un virus subversivo.

Alberto Hernández

Acerca de Alberto Hernández

Militante popular. Ex dirigente político y sindical, ex concejal de la ciudad de Córdoba, Argentina. Periodista y escritor grado 4 en la escala Mercalli. Sueño con un mundo sin guerras, sin explotados ni explotadores donde el hombre no sea lobo del hombre.
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Una respuesta a La democracia en el capitalismo: ¿fetiche o entelequia? – 2a Nota

  1. Raul dijo:

    El último párrafo de la nota ..sintetiza mi pensamiento y creo el de varios ..con más capacidad de análisis que yo..El virus per se…no provocará cambios sociales ..Solo la lucha ideológica lo conseguirá…Muy buena nota.. Gracias

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