La democracia será maradoniana o no será

Más allá de los errores organizativos y políticos del gobierno, el velorio de Diego no podría haber sido más maradoniano: tumultuoso, imprevisible, incorrecto, disruptivo y con los pobres, negritos y marginales -sus acólitos-, enfrentando a las fuerzas represivas de la derecha larretiana o copando el patio de las palmeras de la Casa Rosada. Hasta su muerte fue desprolija, sin respeto a protocolo alguno, peleado con todos. Y hasta parece que desafiando designios superiores se murió cuando quiso y eligió el día en el que también se fue su amigo Fidel. Murió el Diego, nació el mito y más que futbolístico, social y político; el ícono de los pueblos que luchan por su dignidad. Su bandera: Maradona. Junto a Perón, Kirchner, el Che, Fidel, Chávez, Allende, Mandela, Martin Luther King, Lumumba y otros, pero más universal, humano y querible. Y como todos ellos, odiado por las élites, por los dueños del poder, que quieren reducir su figura a la del excepcional futbolista que fue. Tal la elogiosa y elocuente carta de despedida que le dedicó Emmanuel Macrón como “artista” y “jugador lujoso” pero lo censuró por su relación con Castro y Chávez. Sin dudarlo, de haber estado el 10 en Francia

estaría con los Chalecos Amarillos que ya lo están llevando en sus carteles. Así como hizo flamear la bandera del sur pobre de Italia contra los ricachones y poderosos del norte, por eso es conmovedora la devoción de los napolitanos hacia él.
Hemos tratado en Democracia en el capitalismo I  y II -y por lo tanto no vamos a reiterar fundamentos- la realidad ficcional – o farsesca- de las democracias neoliberales que rigen en casi todos los países del mundo, donde los ciudadanos votan cada cierto tiempo pero los grupos económicos y otros factores de poder votan todos los días. Democracias de cartón que venden la ilusión de que las elecciones permiten elegir el gobierno que va a defender nuestros intereses, pero los que ganan sean del color que sean, terminan siempre siendo funcionales al sistema y, aunque distribuyan un poco de las riquezas que se crean, jamás tocan la matriz económica que reproduce día a día y aun en épocas de colapso -como en ésta de pandemia- su pornográfica concentración en pocas manos. Sea porque, más allá de los matices, son defensores del sistema capitalista – hoy globalizado y neoliberal- o porque, más allá de las buenas intenciones, jamás se le animan, les falta coraje y les sobra especulación electoral o fragilidad ideológica.
El neoliberalismo -y ya lo hemos dicho- como elegante y farisea designación de un sistema de expoliación de nuestros pueblos, mediante un alambicado mecanismo institucional, financiero, judicial, militar y comunicacional ha convertido a la democracia en una pantalla para hacer sus negocios y ejercer su poder con la complicidad por acción u omisión de los gobernantes, pero tampoco se privan de interrumpirla cuando ella se convierte en un obstáculo como lo fue en Bolivia y como hacían impunemente en antaño.
No hay futuro para la democracia si no es combativa tal como lo formula el intelectual francés Michel Wieviorka, que en 2007 ya escribía que “las formas tradicionales de la democracia representativa y sus prolongaciones institucionales están en declive” y abogaba por la acción política colectiva (1). Solo el pueblo organizado y en lucha por sus derechos – a defender o conquistar- puede recuperar el sentido de una democracia secuestrada.
El país de la libertad y la democracia ya puso impúdicamente sobre el tapete cual es el respeto que tienen por la voluntad popular. La primera gran derrota que Joe Biden propinó a Donald Trump fue en los millones de dólares de recaudación que le sacó de diferencia. Así funciona la gran democracia del norte, como lo dice el propio Josep Stiglitz: un voto un dólar. Ni hablar de las denuncias de fraude del “sheriff del condado” y su resistencia a entregar el poder, ni de los temores que abrigaron a algunos por la posibilidad de intervención de las fuerzas armadas. Ni republicanos ni demócratas tienen diferencias tales que los hagan dejar de custodiar los intereses del complejo militar industrial y en función de eso promover, guerras, masacres, asesinatos y destrucción a nivel global. En ese sentido nada va a cambiar y así lo ratificó Biden quien enfatizó sobre su convicción de afirmar y defender el papel de Estados Unidos como líder en el escenario global y ya se sabe cómo impacta en la vida de los pueblos sobre los que ejercen ese liderazgo y por ende en la calidad de sus democracias. Ya lo dijo Perón hace bastante tiempo: “Los norteamericanos dignos hijos de la Gran Bretaña (…) han organizado dos partidos de derecha que les permite mantener su sistema plutocrático y sostener teóricamente una simulación democrática para engañar a los tontos que tanto abundan en la política o estimular a los sinvergüenzas que también abundan”. Y ese modelo que tan bien encaja en el esquema neoliberal es el que conciben algunos en Argentina, como Urtubey, Massa o Schiaretti, entre otros, cuando dicen que hay que construir un PJ “competitivo y funcional” (¿a quién?)
¿Sería imaginable un triunfo de Biden sin la reacción popular contra Trump por el asesinato de George Floyd, sin las movilizaciones contra el racismo, la supremacía blanca y la brutalidad policial? Y de acuerdo a las definiciones del presidente electo (2), tampoco se puede pensar que el gobierno demócrata vaya a cambiar mucho las cosas para los sectores populares si los demócratas más radicales como Bernie Sanders no adquieren más peso, y no lo harán si no cuentan con un pueblo movilizado en contra del orden establecido, si no siguen volteando estatuas y monumentos que representan la historia de racismo, discriminación, explotación y exclavismo sobre la que se construyó EEUU.
Bolivia no se hubiera sacado en tan poco tiempo la dictadura de encima si no hubiera estado el pueblo Boliviano en la calle, y fue el pueblo el que impidió la fuga de la dictadora Jeanine Añez. Tampoco en Chile se hubiera accedido a la posibilidad de cambiar la constitución pinochetista y poner contra las cuerdas a Sebastián Piñera al que le exigen la renuncia, sin los meses de movilización y de enfrentamientos con su saldo de detenidos, torturados y muertos; sin la existencia como símbolo de la Plaza de la Dignidad. Lo mismo pasa en Haití, donde la movilización popular jaquea el régimen corrupto y autoritario de Jovenel Moïse. La reacción espontánea pero masiva del pueblo peruano desbarató con su resistencia, la maniobra parlamentaria con la destitución de Martin Vizcarra forzando la renuncia de su sucesor y siguen movilizados por sus reclamos. En Guatemala la movilización tiró abajo el intento de aprobar el presupuesto 2021 a medida de las clases dominantes y hoy piden la renuncia del presidente Giammattei. En Colombia las mingas indígenas no cesan de luchar por sus derechos, en defensa de su territorio y del medio ambiente; los estudiantes, los gremios y las organizaciones sociales contra las políticas de ajuste, por la paz y contra el genocidio gota a gota, prohijado por el uribista Iván Duque. El movimiento sin tierra de Brasil no baja los brazos para defender la amazonia de la destrucción por la ambición desmedida del capital. En Argentina, el pueblo de Chubut contra la megaminería, como antes lo fue el de Mendoza; decenas de gremios luchando por salarios dignos; los sin techo ocupando tierras y reclamando por los derechos que consagra el Art.14 bis de la Constitución. Y allende el mar, los Chalecos Amarillos no aflojan contra la represión del sistema y contra el ajuste y ya han hecho recular a Macrón con el aumento a los combustibles. Y así podemos seguir por casi todas las democracias del mundo, donde los feminismos, los movimientos ambientalistas, los inmigrantes, los trabajadores, los indígenas, los marginados y segregados, se hacen oír y fuerzan los límites de la democracia formal, ejerciendo su presión o condena sobre las instituciones y sus representantes.


Los pueblos que luchan por su vida, por su dignidad, por sus derechos, no andan precisamente con buenos modales, porque el sistema tampoco los tiene, aunque a veces lo disfrace con discursos persuasivos, con mentiras edulcoradas y futuros venturosos que nunca llegan. A los dueños del poder hay que hacerles trampa, goles con la mano, robarles la billetera sin que se den cuenta (o también si se avivan), porque ellos son tramposos, son fulleros, mienten los tantos como en el truco. Deben tomar nota de esto los gobiernos que dicen deberse a sus pueblos. No están mal los buenos modales, pero no deben llevar a creer que por eso nos van a querer los que nunca lo van a hacer, porque a la primera oportunidad, como a Diego, nos van a cortar las piernas.
Por todo esto no se puede concebir una democracia sin una sociedad movilizada. Los cambios sociales solo sobrevendrán si concebimos como condición una democracia de combate. Una democracia maradoniana, donde los pobres, los laburantes, los marginados, los agredidos por el imperialismo, los desheredados de la tierra pongan de rodillas a los odiadores, a los dueños del poder, a los fabricantes de pobreza y miseria y les griten; ¡definitivamente la tienen adentro!

Alberto Hernández

(1) La primavera de la política, ideas para acabar con el declive de la democracia tradicional (Vanguardia, Barcelona. 2007)

(2) Ya dijo entre otras cosas que no va a ser la continuidad de la gestión Obama y por ejemplo, en lugar de un sistema de salud universal que quiso poner en marcha aquél, va a impulsar uno a “bajo costo”

Acerca de Alberto Hernández

Militante popular. Ex dirigente político y sindical, ex concejal de la ciudad de Córdoba, Argentina. Periodista y escritor grado 4 en la escala Mercalli. Sueño con un mundo sin guerras, sin explotados ni explotadores donde el hombre no sea lobo del hombre.
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2 respuestas a La democracia será maradoniana o no será

  1. Muy bueno Alberto. Latinoamérica busca su destino y hay esperanza porque ya sabemos que no será por el camino tramposo de la “democracia liberal”, tal como lo describis. Abrazo.

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